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jueves, 13 de noviembre de 2014

UNA GROTESCA MODERNA FABULA: LA CULEBRA Y EL ZORRO

La fábula es una breve composición literaria en la cual los personajes son animales o cosas inanimadas que presentan características humanas, siendo acaso la más importante, la capacidad de hablar. En ocasiones, estos personajes pueden llegar a interactuar con personas.

La fábula, en realidad es un género didáctico mediante el cual suele hacerse crítica de las costumbres y de los vicios locales o nacionales, pero también de las características de la naturaleza humana en general.

Cuando suscrito era un pequeño,- ha muchos años-, quedó tremendamente impresionado por la ejecución judicial del,- a la fecha-, último condenado a muerte en el Estado de El Salvador.

Puede ser que se encuentre servidor en un error, pero, si la memoria no falla, Juan Antonio Centeno Martínez, es por hoy, la última persona quien ha sido llevada al paredón de fusilamiento y luego ajusticiada en este terruño.

La historia a continuación, se vuelve una completa y horrible fábula, pues los dos criminales involucradas en la misma, en su momento se comportaron como dos perfectos animales y, para más sorna, ambos malhechores tenían apodos con nombres de animales, como más adelante se habrá de leer.

El 22 de Abril del 2004, el periódico El Diario de Hoy, ha publicado un artículo alusivo, del cual servidor se permite brindar un resumen con ciertos comentarios alusivos y agregando otros datos no considerados en el mismo.

En la mañana del Martes 23 de Enero de 1962, dos tipos llegaron a la vivienda Número 1402, de la Segunda Avenida Norte de San Salvador, llamando en forma insistente a la puerta.

El morador, Señor Manuel de Jesús Navarrete, confiadamente abrió. Hay que recordar que, en esa época, el Estado de El Salvador era realmente tranquilo y sano y sus habitantes eran muy pacíficos. ¡El crimen tenía entonces una ausencia notoria!

Los dos hombres dijeron ser inspectores de la compañía del alumbrado eléctrico y manifestaron que, necesitaban realizar unas verificaciones. Ante tal petición, el Señor Navarrete optó por dejarles entrar.

Una vez dentro de la vivienda, Juan Antonio Centeno Martínez,- alias “La Culebra”-, y Miguel Ángel Torres Ramírez,- alias “El Zorro”-, amarraron de piés y manos a Navarrete.

En forma insistente le preguntaron dónde tenía escondido el dinero, mientras le golpeaban a puñetazos. El Señor Navarrete no respondió, quizás porque no tenía dinero o porque no quería entregarlo.

La Culebra enfureció, cogió una varilla de hierro y golpeó con violencia extrema la cabeza de la víctima. En segundos, la ropa de la Culebra y del Zorro, así como el piso y las paredes de la casa se impregnaron de sangre y pedazos de seso.

La Culebra,- según lo dicho por el Zorro-, mientras cometía el brutal crimen, tenía un extraño rictus en la boca, que semejaba una sonrisa siniestra. ¡Así, Manuel de Jesús Navarrete murió con el cráneo destrozado!

Pero la historia fabulesca no se detiene acá, ya que, minutos después, mientras los criminales fumaban y continuaban buscando el dinero y prendas de valor, entró a la casa la Señora Juana de Navarrete, esposa del ya occiso.

Ese día, ella se había levantado temprano para ir al Mercado San Miguelito. ¡No había terminado de cerrar la puerta, cuando fue tomada por la fuerza por el Zorro!

Le obligaron a ver el cadáver de su marido, quien yacía en medio de un gran charco de sangre. ¡La señora emitió un grito desgarrador y entró en shock!

De nuevo, la Culebra y el Zorro arremetieron con preguntas contra ella. Querían saber dónde estaba el dinero. La respuesta continuó siendo negativa. ¡Evidentemente los Navarrete no tenían el dinero que los dos animales creían que poseían!

De los dos tipos, el de comportamiento más animal era la Culebra, quien no pensaba irse con las manos vacías. Así, procedió a arrancar el vestido de la señora a manotazos y la violó frente al cadáver del esposo de ella.

¿Por qué la Culebra no mató a la Señora de Navarrete?

Irónicamente, dijo a ella la Culebra que, no la mataba porque ella tenía por nombre Juana y él,- la Culebra-, había tenido una mujer de igual nombre. Además, la mamá y la hija de la Culebra también llevaban dicho nombre. ¡Eso salvó de la muerte a la Señora de Navarrete!

De todo esto, en la vivienda quedaba un cadáver y una mujer violada… al lado de su esposo muerto y ella prácticamente muerta en vida.

El 20 de Marzo de 1970, un Tribunal de Conciencia halló culpables del delito de homicidio, robo y violación a Centeno Martínez y a Torres Ramírez. El juez Cuarto de lo Penal, Manuel Rafael Reyes, emitió la sentencia: 30 años de prisión para el Zorro. Por su parte, la Culebra sería pasado por las armas.

Al oír la sentencia, la Culebra no se inmutó. Su boca esbozó una sonrisa siniestra, desafiante y hasta burlona.
 
El Doctor Carlos Guerra, señaló la fecha y el lugar de la ejecución y, a la vez pensó en brindar justicia en una forma ejemplarizante. Dio la orden para que se permitiera que el fusilamiento fuera cubierto ampliamente por la prensa, que se invitara a la mayor cantidad de gente posible y que el fusilamiento fuera transmitido por televisión. Así, muchas personas recibieron pases especiales para este circo macabro, haciendo recordar los días del viejo oeste y de la Revolución Francesa, cuando las ejecuciones eran públicas para que las masas se regocijaran y divirtieran con el ajusticiamiento de los criminales.

La tarde del Jueves 20 de Agosto de 1970 era en extremo calurosa pero tranquila. En la penitenciaría, poco antes de salir para el polígono de tiro de la Policía de Hacienda, la Culebra contó a un grupo de periodistas que el día del crimen había bebido guaro,- nombre que se da al licor blanco en El Salvador-, hasta perder la cabeza.

“Como estaba borracho, no supe lo que hice”, dijo. Cuando los periodistas se fueron, se sumió en un profundo silencio y se puso a fumar para esperar su encuentro con la muerte. Sí, con la muerte, esa fiel amiga que siempre llega puntual a sus citas y que nunca falla. A fín de cuentas, como dice la canción de Joaquín Sabina,- palabras más, palabras menos-, “lastima que la muerte no te lleve en limosina y lástima que la muerte no acepte propinas”.

A las dos de la tarde de ese día, cientos de personas habían abarrotado el polígono de tiro. Las autoridades se colocaron en una tribuna especial. El público invitado fue ubicado a unos metros del paredón. En las afueras había ventas de paletas, carnitas, agua en bolsa y viseras para cubrirse del bravo sol. ¡Todo un horrendo circo!

Como a las cuatro de la tarde se escuchó una sirena de un radio patrulla. ¡Ya traían a la Culebra!

La Culebra entró tranquilo en el polígono. Vestía una camisa blanca y un pantalón oscuro. Se había recortado el bigote y envaselinado el cabello. Caminó al paredón, se detuvo frente a una monja y le dijo,- parece ser que en tono sarcástico-: “Rece por mí, madrecita.”

Por el lado poniente entró el pelotón de la Guardia Nacional, bajo el mando del teniente René Oswaldo Majano Araujo.

El bachiller Ernesto Parada, secretario del Juzgado Cuarto de lo Penal, leyendo el “último pregón”, notificó los elementos de la sentencia.

La Culebra no aceptó que se le vendaran los ojos. Se paró firme frente al pelotón de fusilamiento. Cinco guardias se arrodillaron. Cinco quedaron de pie. Siete fusiles tenían balas de verdad.

Con cascos blindados, polainas negras, fusiles G–3 y arneses de cuero, mentón tenso y mirada inexpresiva, los guardias eran la viva imagen de auténticos verdugos delegados de la muerte.

A las 16:47 horas, el teniente Majano Araujo gritó: “Preparen”,- la Culebra miró a los guardias sin parpadear-, “Apunten”,- la Culebra dejó dibujar en su rostro su macabra y siniestra sonrisa-, “Fuego”. La Culebra se dobla, vuela por los aires como un guiñapo y deja este mundo acompañado por la fiel muerte.

Un desgarrador grito, rompió el silencio embarrado todavía por el eco de los siete unísonos balazos.

La sociedad indignada había quitado el derecho a la vida de la Culebra por su horrendo crimen, y lo había mandado a guardar bajo tierra en el Cementerio General de San Salvador.

¡Al Zorro se le mandó a guardar prisión por 30 largos años!

Al día siguiente, los periódicos tenían en sus portadas y páginas interiores, fotografías de la Culebra, dando los últimos consejos a su hijo menor, para que no fuera éste a seguir los pasos de aquél. También se veían escenas del momento de los disparos y del tiro de gracia.

¡En los varios colegios capitalinos, se hizo a los alumnos ver la ejecución por televisión! ¡La audiencia televisiva fue también excepcionalmente alta!

En aquellos días, todo lo narrado fue un hecho excepcional, no porque fuera digno de apología, mas bien porque no era algo que comúnmente ocurría.

Al instante de entrar en vigencia la Constitución de 1983, la pena de muerte quedó abolida en el Estado de El Salvador. A ese momento eran cinco o siete los reos que tenían pendiente la ejecución de su pena de muerte. ¡De un plumazo, sus penas fueron conmutadas! ¡En estos casos la ley sí puede ser retroactiva por favorecer a los reos!

Hoy en día, lamentablemente los hechos que esta horrenda fábula ampara, se han vuelto muy comunes, poniéndose a la orden del día.

¿Qué ha cambiado en la sociedad para permitir llegar a lo que se está viviendo ahora?



¡Saque el lector sus propias conclusiones!



JUE 13 NOV 14




3 comentarios:

  1. ....los benditos "Derechos Humanos" que protegen al delincuente. La "Ley" no contempla los Derechos de las víctimas, que tuvieron que ser respetados. Hoy en día le Ley protege al delincuente...

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  2. Ahora en dia, para respetar la vida de los delincuentes, mueren cientos de inocentes. En Singapur se siguen ejecutando personas que han violado la ley y en ese país dá gusto vivir. Los ciudadanos honrados viven tranquilos.

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  3. Pareciera que los derechos humanos han cambiado las leyes para que los victimarios tengan más derechos que sus víctimas.

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