FELIPE II DE ESPAÑA
En el siglo XVI, “combatieron” en las estrechas aguas del Canal de la Mancha dos armadas. El conflicto enfrentó a dos bandos cristianos –protestantes y católicos– y fue el punto de inflexión crítico en la pugna militar que entre Isabel I de Inglaterra y Felipe II de España. En su momento, fue considerada una lucha a muerte entre las fuerzas del bien y del mal –¿?–.
En enero de 1588, Felipe II dirigió un grave mensaje
a las Cortes de Castilla, alegando que el imperio estaba en peligro –seguridad nacional–
porque la soberana inglesa apoyaba a los rebeldes protestantes en Flandes
–entonces territorio español– desde hacía más de veinte años y no se sometía a
la voluntad de la España católica. Para todo imperio, quien no se somete a su
voluntad constituye una amenaza a su seguridad, por tanto, había que invadir
Inglaterra y lograr un cambio de régimen a la brevedad. ¡La siempre repetitiva
historia!
Hacía años que los piratas ingleses
venían saqueando las naves españolas, y su soberana favorecía abiertamente la
rebelión de Flandes contra España. Además, Felipe II –católico– se sentía
obligado a ayudar a sus correligionarios ingleses a erradicar de su país la
creciente “herejía” protestante –las famosas guerras santas–.
Es causa común que, cuando un rey o
líder, alega contar con el apoyo de Dios, las cosas no irán tan bien como se
espera; peor cuando se da el caso que los dos bandos “cuentan con el apoyo de
Dios”.
Pedro de Ribadeneyra, jesuita
español, dijo: “Vamos a una empresa no dificultosa, porque Dios nuestro
Señor, cuya causa y santísima religión defendemos, irá delante, y con tal
capitán nada tenemos que temer.”
España reunió en Lisboa una armada gigantesca: 130
buques de guerra y de transporte, con una tripulación de 12,000 marineros y 19,000
mil soldados. Al mando se encontraba un prestigioso aristócrata andaluz, el
duque de Medina Sidonia –o Medinasidonia–. Su misión era llegar a Dunkerque, en
las costas del Flandes español, embarcar 27,000 soldados de los tercios
españoles allí destinados y lanzarse a la invasión.
Según los observadores ingleses, la
Armada Invencible –llamada así con ironía, sorna pero con profundo miedo por ellos–
o Gran Armada, constituía la mayor fuerza naval jamás vista. No obstante –acá el
pero– la empresa emprendida fue un trágico desacierto con miles de hombres fallecidos.
¿Cuál era el objetivo y por qué
fracasó?
Medina Sidonia, pese a su limitada experiencia naval, era un buen organizador quien no tardó en ganarse la confianza de todos los expertos capitanes de navío. Conformó un ejército y aprovisionó a la imponente flota lo mejor que pudo. Con objeto de unificar las fuerzas internacionales –desde antes de Roma ya los imperios exigían de sus aliados coaliciones internacionales– fijaron “cuidadosamente” las señales, las formaciones y las órdenes de navegación. ¿Qué podía salir mal?
A finales de julio de 1588, la Armada entró en el
canal de la Mancha. Los ingleses enviaron navíos de guerra a hostigarla desde
los flancos –¿guerra de guerrillas?–. Durante varios días la flota española,
navegó entre cañoneos irrelevantes. El 6 de agosto ancló frente a Calais, a
unos 40 kilómetros de su objetivo, habiendo perdido sólo dos galeones. ¡Se
consideró que la guerra estaba siendo ganada desde el inicio por España!
Los ingleses, resueltos a impedir el desembarco,
lanzaron en la madrugada del 8 de agosto ocho brulotes –barcos incendiados y
cargados de explosivos a semejanza de los mal llamados drones “suicidas” de hoy
en día– contra la Gran Armada, obligándola a levar anclas a toda velocidad, lo
que provocó confusión y la dispersión de la flota. Ninguna nave se incendió
pero, muchas perdieron sus anclas y aparejos o sufrieron desperfectos en los
timones, los palos o el velamen.
La tradicional táctica española había
sido la del abordaje, maniobra con la que se apoderaban de la nave enemiga. Pero,
las naves inglesas eran de menor tamaño, más veloces y dotadas con cañones de
mayor alcance. Por ello, la estrategia inglesa consistió en evitar el
enfrentamiento cuerpo a cuerpo y destruir la flota enemiga desde lejos.
Al día siguiente las unidades dispersas fueron
rodeadas por las naves inglesas y sufrieron un importante cañoneo, que hundió
cinco barcos españoles y causó unos 1,500 muertos. ¡Ya las cosas no iban del
todo bien para los invencibles agresores!
Por si eso fuera poco, la mañana del 9 de agosto,
los vientos y las corrientes habían lanzado a la flota hispana frente a las
costas holandesas, mientras los ingleses contemplaban el espectáculo desde
lejos. ¡Parecía que Dios estaba apoyando al lado protestante!
La mejor infantería del mundo estaba encerrada en
esas naves sin poder combatir y condenada a morir. Por suerte para los
españoles, el viento cambió de golpe y la Armada pudo adentrarse a mar abierto,
aunque seguida del enemigo.
La flota se había salvado, pero la proyectada
invasión era irrealizable, no había posibilidad de desembarco. Así, la Armada Invencible
no había sido vencida, pero no había habido desembarco, ni abordajes, ni lucha
cuerpo a cuerpo. Solo había habido cañoneo y vientos violentos. Afortunadamente,
las pérdidas se reducían a siete u ocho barcos hundidos y los 1,500 muertos
mencionados. Por parte inglesa, se calcula que las bajas fueron de unos pocos
cientos. ¡Una total guerra naval asimétrica!
Para la tarde del 9 de agosto el viento alejó de la
costa flamenca a los navíos e hizo imposible el contacto con los tercios que
debían desembarcar. Además, muchas naves presentaban averías y, en general,
carecían de munición para enfrentarse con garantías a una escuadra como la
inglesa, que podía reabastecerse en sus puertos.
En esta situación, Medina Sidonia convocó a los
capitanes de la flota a un consejo de guerra para decidir qué se debía hacer. Hasta
se barajó la posibilidad de rendirse ante los ingleses, pero finalmente se acordó
que si el viento seguía soplando en contra, la flota emprendería el regreso a
España. Y en efecto, al día siguiente, 10 de agosto, se emprendió el humillante
regreso.
El retorno fue en verdad azaroso: una Odisea, un
Calvario y un completo Via Crucis. Los españoles estaban maltrechos y sin suministros,
con racionamiento de alimentos y agua. A los pocos días se mandó echar por la
borda las mulas y caballos para economizar agua. Muchos marinos cayeron enfermos.
Otro problema era el clima gélido. Al final, la Armada Invencible quedó
totalmente dispersada, y cada barco hubo de componérselas como pudo.
Cerca de treinta naves naufragaron frente a las
costas de Irlanda entre mediados de septiembre y a lo largo de octubre. Los
naufragios arrojaron cientos de cadáveres a las playas irlandesas, dejando huella
en la toponimia: un pueblo del condado de Clare se llama Spanish Point –Punto Español
o Cabo de los Españoles–.
Aquellos que, agobiados por el hambre y la sed, se
aventuraron a recalar en algún punto de la costa no corrieron mejor suerte. Las
autoridades inglesas en Irlanda tenían órdenes de no dejar a ningún español con
vida, por temor a que pudiesen alentar a los irlandeses a rebelarse contra el
dominio inglés.
El suplicio no acabó hasta que los navíos volvieron
a los puertos cantábricos, de a uno, entre finales de septiembre y el mes de
octubre. Algunos barcos naufragaron en las mismas costas españolas. Al final
sólo regresaron alrededor de 70 u 80 naves de las 130 que zarparon de Lisboa.
Muchas naves estaban en unas condiciones tan
lamentables que fue imposible repararlas y tuvieron que ser desguazadas. De los
31,000 hombres que habían embarcado se calcula que murieron unos 20,000: 1,500
en los combates, 8,500 en los naufragios, unos 2,000 asesinados en Irlanda y otros
8,000 que fallecieron en la travesía o al llegar a puerto, víctimas de las
enfermedades y de las penalidades de la vida a bordo.
Medina Sidonia, enfermo y deprimido, partió casi
clandestinamente hacia su residencia en Sanlúcar sin pasar por la corte, tras
remitir a Felipe II un detallado informe sobre la fracasada expedición.
Parece que la famosa frase del rey en la que se lamentaba
que él había enviado una flota a luchar contra los hombres, no contra los
elementos, no es cierta. Se sintió, eso sí, profundamente decepcionado y hasta
abatido: “pido a Dios que me lleve para así por no ver tanta mala ventura y
desdicha.”
La derrota de la Armada Invencible
infundió confianza en los protestantes del norte de Europa, aunque las guerras por
religión no se aplacaban. Los protestantes creyeron que su triunfo era
prueba del favor divino. En una medalla holandesa acuñada para conmemorar el
acontecimiento se lee: “Flavit יהוה
et dissipati sunt 1588”, –“Sopló Jehová y fueron dispersados 1588”–.
A partir de ese momento, se marcó un punto de inflexión y el Imperio Español comenzó a venir solamente en picada, culminando con la desintegración territorial clave entre 1806 y 1824. Llegado el tiempo, Gran Bretaña asumió el rol de potencia mundial. En 1763 el Imperio Británico dominaba el mundo como si fuera una Roma renovada y extendida y –unos pocos años más tarde– sobre cuyo territorio el Sol jamás se ponía.
A su vez, el Imperio Británico o
Imperio Inglés, acabaría también sucumbiendo unos 180 años después. ¡A la
fecha, no se conoce de ningún imperio que haya escapado a su caída!
¡Saque el lector sus propias
conclusiones!
José
Roberto Campos hijo
DOM
03 MAY 26
¡Gracias
por leer y compartir!

